Por las mamás de niños con alergias

Hace unos días me dí cuenta de que cuando un niño tiene una alergia y el tiempo va transcurriendo, va perdiendo la esperanza. Pero hay alguien en la vida de estos chicos que jamás deja de luchar contra la alergia, sea cual sea...su mamá.

Tengo 26 años de edad y los mismos 26 con mi alergia bastante severa al huevo, y hace unos días mi mamá me llamó para hablarme de un nuevo tratamiento. Entonces me dí cuenta de algo que ignoraba: ella no ha perdido la esperanza. 
Cuando ya vivo a kilómetros de ella, con mi familia, conviviendo armoniosamente con mi alergia y más que resignada, ella decidió hablarme de una esperanza...después de tantos años. Yo estuve sometida a distintos tratamientos cuando era peque, todos los que eran posibles en provincia hace más de 20 años. Me cansé de las inyecciones, de los medicamentos y de estar hinchada toda mi infancia. Mi alergia fue mi peor enemigo, me dejó secuelas no sólo psicológicas sino físicas, tengo ojeras permanentes porque mis ojos estaban hinchados todo el tiempo. Y mi mamá me enseñó a convertir mi alergia en algo que me hacía especial, que me daba un tema de conversación con todas las personas. Me enseñó a vivir con ella y a cuidarme por mí misma. Pero es increíble que nunca haya dejado de creer que era curable.

Por eso expreso mi mayor admiración para las mamás de niños alérgicos...

Porque cuando estuve enronchada y asustada, ella estuvo ahí.
Porque cuando se me antojó el pastel, ella buscó recetas para mí.
Porque cuando los doctores me inyectaron, ella lloró conmigo.
Porque cuando me decían sobre un nuevo tratamiento, ella reunió el dinero, el tiempo y la paciencia para probarlo.
Porque cuando la gente pensaba que yo era una niña delicada, ella les hizo ver que no, sin importarle de quién se tratara.
Porque cuando teníamos prisa en el súper, ella se detuvo a leer con atención las etiquetas de los productos.
Porque cuando pensé que mi alergia era un castigo, ella me explicó cómo funcionaba el cuerpo humano.
Porque cuando lloraba porque quería comer pan, ella comía junto a mí galletas Marías.
Porque cuando me pidieron en la escuela llevar un huevo duro para simular las capas de la Tierra, ella pidió permiso en su exigente trabajo y le explicó a la maestra por qué yo no podía ni asistir a la clase.
Porque cuando estuve en el hospital, ella estuvo conmigo, rezando.
Porque cuando era bebé y le dijeron que tenía una severa alergia, ella lo entendió, lo aceptó, me amó aún así, y no se rindió. Se puso a buscar recetas sin huevo y a explicarle a todas las personas cercanas a mí qué era una alergia, qué tan severa era la mía y qué podía comer y qué no. Una y otra vez. Nunca se cansó de buscar cosas sin huevo, de sacar copias de todos los recetarios que pasaron por sus manos, de documentar todo (entiéndase hace más de 20 años cuando prácticamente nadie tenía computadora en casa).
Y aún ahora, a veces me llama y me da recetas sin huevo por teléfono. Y las prepara cuando voy a casa.   

Quizás para muchas personas con niños alérgicos esto sea muy común, pero mi mamá ha sido siempre muy exigente con nosotros, para todo. Pero incluyó ahí, la exigencia de respetar mi alergia, de convivir con ella, de informarnos y de creer que no era el fin del mundo. No de mi mundo.
Gracias mamá.